Educar sin violencia es posible

Las manifestaciones de violencia en la crianza de los niños suelen pasar inadvertidas. Un tirón de orejas, chirlo o zamarreo es percibido por gran parte de la sociedad como formas tradicionales de corrección o educación de los niños. Sin embargo, lejos de formar parte de lo esperable, son conductas que traen terribles consecuencias en la vida social.


Los que hoy somos adultos formamos parte de distintas generaciones donde los “mayores” concentraban el poder absoluto de educar y criar a los niños bajo su cuidado. En caso de ser necesario, un chirlo, un tirón de orejas o de pelo, constituían prácticas a las que  se apelaba con regularidad para corregir una conducta o establecer un límite.
 
Aunque inadvertidos en el funcionamiento social, por la privacidad en la que suceden estos hechos, chirlos, tirones de orejas o pelo, cachetazos y golpes con cualquier objeto, son formas de maltrato y prácticas violentas que actualmente sufren millones de niños en nuestro país. Este daño puede ser más o menos evidente, dependiendo si se trata de violencia severa o moderada; en el primero de los casos, las lesiones son perceptibles a simple vista.
 
Culturalmente a lo largo de la historia, hemos presenciado algunos cambios que apuntan a modificar esta situación. A partir de la sanción del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación (CCCN) el castigo físico hacia niños y niñas queda expresamente prohibido. Mientras el antiguo código, otorgaba a los padres el poder de “corregir moderadamente” a sus hijos, el nuevo Código Civil  reemplaza el "poder de corrección" por el deber de "prestar orientación y dirección". En el marco del nuevo Código, el maltrato físico ya no se corresponde a una atribución propia del padre en el ejercicio de su  patria potestad sino que constituye un delito en tanto está por fuera de lo que establece la ley.  El nuevo CCCN explicita la prohibición total de malos tratos, castigos o actos que lesionen o menoscaben física o psíquicamente a los niños. Esta modificación, es un gran avance en materia legislativa pero por sí sola no es garantía del cambio cultural necesario para terminar con el ciclo de violencia que afecta a los niños.
 
Estas modificaciones, permiten interceder para proteger a los niños y niñas de los malos tratos, crea mayores herramientas para resguardar la integridad del niño o niña sin anular la capacidad del adulto de ejercer la autoridad y el establecimiento de límites. Lo que se prohíbe es cualquier actitud que, con intenciones de limitar o educar, conlleve una agresión física o psíquica.
Eliminar el castigo físico, implica modificar los métodos de crianza, apelar al uso de la palabra, marcando lo que los niños pueden y no pueden hacer y resaltando que tienen capacidad de comprensión según su desarrollo madurativo.
Los adultos son los responsables de acompañar y garantizar el desarrollo a través del diálogo, el afecto y el establecimiento de pautas de crianza con límites positivos y saludables acordes a la edad del niño. Claramente no es lo mismo limitar la conducta de un niño o niña de 2 años, de 5, de 13 o 17.  Es necesario encontrar los medios para guiar y resguardar ese desarrollo libre de violencia.
Cuando la violencia física se instala como modo de “corrección o limitación” de la conducta de un niño o niña, o como mecanismo de resolución de conflictos y diferencias, además del daño emocional y subjetivo que causa establece un modo de relacionarse con el otro. Es decir, es  esperable que ese niño reproduzca en otros contextos esa forma de interacción. Detrás de un niño o niña que pega o ejerce algún tipo de violencia con otro,  hay un adulto del cual aprendió esa forma de relación en la que existe un fuerte… y un débil… 
Las manifestaciones de violencia ocurren en todos los estratos sociales, y cuando se observan indicadores de violencia física, existen altas probabilidades de que un niño o niña sea frecuentemente víctima de malos tratos, descalificaciones, agravios y otras expresiones de violencia.
La violencia es una conducta aprendida, que se naturaliza y se reproduce cíclicamente una y otra vez. Es posible interrumpir ese ciclo. Para hacerlo es necesario trabajar desde la concientización y la prevención brindando herramientas de crianza que posibiliten desnaturalizar esas prácticas.
El primer paso es hacerla visible, cuestionar la violencia como forma de relación, que se grite lo silenciado, que se denuncie lo que constituya delito y menoscaba la vida de miles de niños y niñas. Todos podemos hacer algo, solo se necesita asumir el compromiso y devolverle la voz a esos miles de niños y niñas que han enmudecidos a partir de la violencia. 
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